domingo, 6 de junio de 2010

Palabras sobre un aprisco ideologico


Como si de un ritual se tratara, desde, exactamente, veinte años, a finales del mes de mayo, los políticos y los medios de comunicación de Rumanía se vuelcan en la conmemoración del primer más largo y manipulado mitin electoral de toda Europa del Este, atornillado durante dos meses (23 de abril – 14 de junio, de 1990) en la Plaza de la Universidad de Bucarest. Un recurso equivocado de los así llamados “partidos históricos”, surgidos, milagrosamente, tras 40 años de persecuciones, cárceles, torturas, muertes, campos de trabajo forzado y domicilios obligatorios – obras todas de la dictadura comunista -, que, por no saber cómo regresar cuanto antes a la vida política y hacerse con el poder, han elegido los caminos de la venganza y la violencia callejera.
Todos los primeros siete meses de libertad, traída por la insurrección del 22 de diciembre de 1989, están marcados por actos antidemocráticos provocados por estos grupos políticos resucitados, reanimados en los geriátricos occidentales. Siete meses de libertinaje y desenfreno, que han mantenido el pueblo en vilo, desfigurando la imagen del país, con consecuencias políticas y pérdidas económicas irrecuperables.
Retransmitido en directo por muchas televisiones, este mitin – prototipo llevado luego a los Balcanes, Ucrania, etc. – acabará (noche de 14 de junio) de manera trágica, con 5 muertos, numerosos heridos y un centenar de detenidos, más los daños materiales. Autobuses y coches incendiados (60), edificios destruidos (5), robo de armas y municiones de la sede del Ministerio de Interior, quema de documentos de los Servicios Secretos y de los archivos de la Televisión, los que guardaban la historia de la insurrección.
El desmantelamiento de la Plaza ha sido obra común (por separado) de las fuerzas del orden – 1480 personas – y de los mineros – unos 2000 -, llegados del Valle del Jiu para poner orden (su orden) en la vida pública. Un final, como los de las guerras primitivas, sin vencedores ni vencidos, con descontentos por las dos partes.
Lo más difícil en estas circunstancias era la neutralidad. Y esta ha sido – y sigue siendo – mi opción, ganándome hasta hoy la enemistad de todos los contrincantes. Y no me arrepiento: director y fundador del más influyente periódico de aquellos años, con más de 2 millones de ejemplares, he logrado apaciguar varias veces los conflictos, al borde de una guerra civil, esperada por muchos.
De un libro que siempre acabo pero nunca termino, extraigo algunas páginas para los lectores hispanos de mi blog. Los curiosos o interesados encontrarán más datos en mis editoriales, que reproduzco en rumano y sin alegría ninguna, en esta ocasión.
Hacer memoria de aquel infausto primer semestre del ’90, por breve que sea, es un tratamiento oportuno, al menos como adyuvante para los que padecen aún de amnesia fingida y no logran explicarse las muchas vueltas que seguimos dando para salir de tantas pesadillas. Así, según calendario, las fechas de mayor desastre. Primero, un multitudinario mitin descabellado, de chusma, comunistas arrepentidos y agentes de la policía política vestidos de corderos sin madre, para condenar el comunismo y hacerse con las riendas del país (12 de enero). La primera vez cuando la gente honrada, pobre y sufrida, ahora engañada, gritaba en la Plaza de la Victoria las consignas dictadas por un miserable coronel de la Securitate, que llegará segundo primer ministro: ¡Abajo el comunismo!, ¡Nosotros somos el pueblo!, ¡Ojo por ojo, diente por diente!...
Encaramado sobre un transportador auto blindado, el líder instigador conseguirá lo que se había propuesto: el presidente del país y el primer ministro subirán a su lado y, llevados por el oleaje, repetirán, letra por letra, las mismas consignas, de donde saldrán, leídos por el mismo (y ovacionados), los decretos que ponían fuera de la ley al Partido Comunista y reintroducían la pena de muerte. Invalidados días después por el gobierno provisorio y por el mismo “líder” quien se disculpará, transfiriendo todo a la tensión emocional cargada de sinceridad humana y política.
Importa recordar que el 12 de enero había sido declarado Día de luto nacional para honrar a los perecidos durante la insurrección, algunos todavía sin tumba. Pero nadie respetaba nada y los mítines no autorizados seguirán sin tregua. Como el intento brutal de los viejos políticos para desbancar a los principiantes (28 y 29 de enero), luego la revuelta del cuerpo técnico y administrativo de la Televisión para apoderarse de la dirección de ésta (6 de febrero), tras la de los asistentes y auxiliares para echar a la calle a médicos-directores de hospitales, seguidas por otras iguales en muchas instituciones.
Luego, el 16 de febrero, emulados por la vacilación del poder provisorio elegido a dedo por el Frente de Salvación Nacional (FSN), políticos de la época anterior a la dictadura, revigorizados en geriátricos occidentales, se han lanzado al asalto del Palacio Gubernamental, mejor organizados, teniendo la argucia de poner en primera línea una sociedad civil aleatoria y como vanguardia a unos enfermos mentales, traídos en microbuses de los hospicios. La primera vez en la historia de la medicina cuando tres docenas de locos iban juntos, en formación de lucha, y perseguían la misma meta.
Puertas desgonzadas, cristales rotos, la fachada de Palacio envuelta en llamas, despachos devastados, ministros arrastrados por los pasillos. Noche fría, heridos a pedradas, nubes de humo agujereadas por los reflectores de la televisión y los alaridos de una turba salida de la jungla suburbana. Al final, ninguna evaluación de los daños y desperfectos. Solamente un comunicado sobre los 102 detenidos, liberados en los siguientes días; menos 14 inválidos u oligofrénicos, retenidos algunos días más. Han soltado las águilas – me decía un viejo policía – y han enjaulado las cornejas.
Ni un asomo de unidad y voluntad común. Una algarabía permanente sacudida por actos violentos y por las marchas periódicas de los mineros (las mineriadas), que nunca llegaban a Bucarest sin ser convocados. Sea por los partidos gobernantes hallados en dificultad, sea por los que aspiraban a gobernar. Un espeluznante Ejército de Fuerzas Subterráneas, equipadas con porras, lamparitas de oxiacetileno y caramillos de latón – diez son un susurro, cien son un huracán de granizo -, metiendo pavor en la sangre de todos. Sin los estragos que se les atribuían. Hartos de la barahúnda callejera y mítines movibles, forzaban sí las puertas del Poder, se les invitaban en el Parlamento, entraban en la Televisión, pidiendo orden para todo el mundo, y regresaban a las catacumbas de carbón, con la cabeza de un primer ministro inexperto y engañado.
***
Desde principios de febrero, en un editorial de mucho eco, había considerado a los participantes a estos mítines como rebaños de la democracia en trashumancia y me he salvado por milagro del linchamiento vengativo de éstos, al acudir a un acto electoral de los partidos expirados. Era el 23 de abril, día de San Jorge, Domingo de Ramos, y el día cuando habrá de cumplirse mi predicción: finalizado el ágape, los rebaños han anochecido en la Plaza de la Universidad, donde habrán de quedarse hasta 14 de junio.

Un mitin nunca visto, atornillado durante 52 días en el recinto consagrado a la cultura y ciencias. Un aprisco traído desde las otras orillas del Atlántico, pastores y subvenciones incluidas. Dinero al contado, día y jornalero-manifestante. Tanto dinero fácil (entrar, sentarse, berrear y cobrar), que la plaza ha sido inundada en poco días por gangueros y codiciosos, inutilizando las aceras y las calles colindantes, cortando por la mitad el tráfico urbano y tirando al suelo, desgarrado, el ritmo vital de todo el país.
Un aprisco moderno, con megafonía, cadenas de música, toldos espaciosos, televisores y luz eléctrica. Asistencia médica y comida gratis, abonada por los rabadanes y rehaleros en los restaurantes cercanos, bebidas a elegir, sexo disimulado, pastillas tonificantes y contra la nebladura.
Imprescindibles, los programas de instrucción y entretenimiento. Y los discursos mitineros, con invitados elegidos, desde el balcón de la Facultad de Ciencias Geológicas, abierto por el vicerrector, que había dejado de ser secretario del partido de la Universidad, asumiendo el cargo de mayoral principal y luego de presidente del país.
Ex apóstoles marxistas, santos de la misma calaña, aduladores líricos y besaculos del difunto dictador, se turnaban cada media tarde al púlpito para cubrirse de ceniza, alabando a los ángeles que venían para hacernos felices y prósperos sin nada pedirnos; un futuro radiante a cambio de un pasado sin ningún futuro.
Intrépidos, tomado el insulto público por gloria y el mote de golani (granujas) por renombre, los rebaños se han inventado un himno a medida, de obligado tarareo para los que venían a rebautizarse en el nuevo Jordán, cuyo estribillo – “no nos vamos, no nos vamos a casa” – resuena aún en el recuerdo de muchos.
Inagotables, las fuentes del dinero fluían sobre la plaza y llovían las pagas extra en especies - vaqueros, blusas, zapatos, tabaco, etc. Tanta maná y tan de pronto, que los agraciados por la bonanza, han decidido seguir en el redil, dando balidos durante dos semanas más, después de las elecciones generales (20 de mayo), fertilizando con inmundicias el así llamado territorio libre de comunismo.
Un barbecho bien abonado, en el cual el Occidente ha dejado caer las semillas de su democracia. Siembra invocada y bienvenida, puesto que de esta cosecha habrán de salir políticos a granel, consejeros gubernamentales, asesores de nada, ministros, jefes de gobierno y hasta un presidente del país. También, desde este aprisco saldrán nuestros primeros millonarios de cartón y los primeros grandes corruptos de la transición.
Todos iguales, al fin de cuenta, porque eran los mismos: los corruptos han llegado a ser millonarios, los millonarios se han volcado a la política y los políticos se han hecho parlamentarios para instalar más y mejores apriscos, tratando de ampliar el espacio de una vergonzosa impunidad vitalicia.
Semillas milagrosas, las de la democracia. Pero de germinación lenta y diferente, esparcida al azar y a destiempo. En la peor temporada. De donde, la maleza temporera y de mucho vigor. El amaranto pampero y el arestín ovejuno, la altamandría enana y la vulvaria tierna, el acederón silvestre y la cizaña doméstica. La maravillosas cizaña contra el milagroso y nunca conseguido, entre humanos, trigo limpio.
Descardar tanta broza ha sido obra penosa, hecha a trompicones, con secuencias
que recuerdan de cerca las películas clásicas de terror. Y, a pesar del convencimiento general de que el desalojo de la Plaza ha sido total, que ni un várgano ha quedado de pie, sigo creyendo que algo de todo aquello perdura todavía y no desaparecerá como por encanto, según dicen, de noche a la mañana. Asimismo, sigo creyendo que sin la intervención foránea en el desenvolvimiento de tan malos sucesos, sin este aporte ajeno fraternal e indeseado, no hubiéramos llegado donde estamos, mucho peor de cómo estábamos hasta diciembre de 1989.
Como si de un ritual se tratara, desde, exactamente, veinte años, a finales del mes de mayo, los políticos y los medios de comunicación de Rumanía se vuelcan en la conmemoración del primer más largo y manipulado mitin electoral de toda Europa del Este, atornillado durante dos meses (23 de abril – 14 de junio, de 1990) en la Plaza de la Universidad de Bucarest. Un recurso equivocado de los así llamados “partidos históricos”, surgidos, milagrosamente, tras 40 años de persecuciones, cárceles, torturas, muertes, campos de trabajo forzado y domicilios obligatorios – obras todas de la dictadura comunista -, que, por no saber cómo regresar cuanto antes a la vida política y hacerse con el poder, han elegido los caminos de la venganza y la violencia callejera.
Todos los primeros siete meses de libertad, traída por la insurrección del 22 de diciembre de 1989, están marcados por actos antidemocráticos provocados por estos grupos políticos resucitados, reanimados en los geriátricos occidentales. Siete meses de libertinaje y desenfreno, que han mantenido el pueblo en vilo, desfigurando la imagen del país, con consecuencias políticas y pérdidas económicas irrecuperables.
Retransmitido en directo por muchas televisiones, este mitin – prototipo llevado luego a los Balcanes, Ucrania, etc. – acabará (noche de 14 de junio) de manera trágica, con 5 muertos, numerosos heridos y un centenar de detenidos, más los daños materiales. Autobuses y coches incendiados (60), edificios destruidos (5), robo de armas y municiones de la sede del Ministerio de Interior, quema de documentos de los Servicios Secretos y de los archivos de la Televisión, los que guardaban la historia de la insurrección.
El desmantelamiento de la Plaza ha sido obra común (por separado) de las fuerzas del orden – 1480 personas – y de los mineros – unos 2000 -, llegados del Valle del Jiu para poner orden (su orden) en la vida pública. Un final, como los de las guerras primitivas, sin vencedores ni vencidos, con descontentos por las dos partes.
Lo más difícil en estas circunstancias era la neutralidad. Y esta ha sido – y sigue siendo – mi opción, ganándome hasta hoy la enemistad de todos los contrincantes. Y no me arrepiento: director y fundador del más influyente periódico de aquellos años, con más de 2 millones de ejemplares, he logrado apaciguar varias veces los conflictos, al borde de una guerra civil, esperada por muchos.
De un libro que siempre acabo pero nunca termino, extraigo algunas páginas para los lectores hispanos de mi blog. Los curiosos o interesados encontrarán más datos en mis editoriales, que reproduzco en rumano y sin alegría ninguna, en esta ocasión.
Hacer memoria de aquel infausto primer semestre del ’90, por breve que sea, es un tratamiento oportuno, al menos como adyuvante para los que padecen aún de amnesia fingida y no logran explicarse las muchas vueltas que seguimos dando para salir de tantas pesadillas. Así, según calendario, las fechas de mayor desastre. Primero, un multitudinario mitin descabellado, de chusma, comunistas arrepentidos y agentes de la policía política vestidos de corderos sin madre, para condenar el comunismo y hacerse con las riendas del país (12 de enero). La primera vez cuando la gente honrada, pobre y sufrida, ahora engañada, gritaba en la Plaza de la Victoria las consignas dictadas por un miserable coronel de la Securitate, que llegará segundo primer ministro: ¡Abajo el comunismo!, ¡Nosotros somos el pueblo!, ¡Ojo por ojo, diente por diente!...
Encaramado sobre un transportador auto blindado, el líder instigador conseguirá lo que se había propuesto: el presidente del país y el primer ministro subirán a su lado y, llevados por el oleaje, repetirán, letra por letra, las mismas consignas, de donde saldrán, leídos por el mismo (y ovacionados), los decretos que ponían fuera de la ley al Partido Comunista y reintroducían la pena de muerte. Invalidados días después por el gobierno provisorio y por el mismo “líder” quien se disculpará, transfiriendo todo a la tensión emocional cargada de sinceridad humana y política.
Importa recordar que el 12 de enero había sido declarado Día de luto nacional para honrar a los perecidos durante la insurrección, algunos todavía sin tumba. Pero nadie respetaba nada y los mítines no autorizados seguirán sin tregua. Como el intento brutal de los viejos políticos para desbancar a los principiantes (28 y 29 de enero), luego la revuelta del cuerpo técnico y administrativo de la Televisión para apoderarse de la dirección de ésta (6 de febrero), tras la de los asistentes y auxiliares para echar a la calle a médicos-directores de hospitales, seguidas por otras iguales en muchas instituciones.
Luego, el 16 de febrero, emulados por la vacilación del poder provisorio elegido a dedo por el Frente de Salvación Nacional (FSN), políticos de la época anterior a la dictadura, revigorizados en geriátricos occidentales, se han lanzado al asalto del Palacio Gubernamental, mejor organizados, teniendo la argucia de poner en primera línea una sociedad civil aleatoria y como vanguardia a unos enfermos mentales, traídos en microbuses de los hospicios. La primera vez en la historia de la medicina cuando tres docenas de locos iban juntos, en formación de lucha, y perseguían la misma meta.
Puertas desgonzadas, cristales rotos, la fachada de Palacio envuelta en llamas, despachos devastados, ministros arrastrados por los pasillos. Noche fría, heridos a pedradas, nubes de humo agujereadas por los reflectores de la televisión y los alaridos de una turba salida de la jungla suburbana. Al final, ninguna evaluación de los daños y desperfectos. Solamente un comunicado sobre los 102 detenidos, liberados en los siguientes días; menos 14 inválidos u oligofrénicos, retenidos algunos días más. Han soltado las águilas – me decía un viejo policía – y han enjaulado las cornejas.
Ni un asomo de unidad y voluntad común. Una algarabía permanente sacudida por actos violentos y por las marchas periódicas de los mineros (las mineriadas), que nunca llegaban a Bucarest sin ser convocados. Sea por los partidos gobernantes hallados en dificultad, sea por los que aspiraban a gobernar. Un espeluznante Ejército de Fuerzas Subterráneas, equipadas con porras, lamparitas de oxiacetileno y caramillos de latón – diez son un susurro, cien son un huracán de granizo -, metiendo pavor en la sangre de todos. Sin los estragos que se les atribuían. Hartos de la barahúnda callejera y mítines movibles, forzaban sí las puertas del Poder, se les invitaban en el Parlamento, entraban en la Televisión, pidiendo orden para todo el mundo, y regresaban a las catacumbas de carbón, con la cabeza de un primer ministro inexperto y engañado.
***
Desde principios de febrero, en un editorial de mucho eco, había considerado a los participantes a estos mítines como rebaños de la democracia en trashumancia y me he salvado por milagro del linchamiento vengativo de éstos, al acudir a un acto electoral de los partidos expirados. Era el 23 de abril, día de San Jorge, Domingo de Ramos, y el día cuando habrá de cumplirse mi predicción: finalizado el ágape, los rebaños han anochecido en la Plaza de la Universidad, donde habrán de quedarse hasta 14 de junio.

Un mitin nunca visto, atornillado durante 52 días en el recinto consagrado a la cultura y ciencias. Un aprisco traído desde las otras orillas del Atlántico, pastores y subvenciones incluidas. Dinero al contado, día y jornalero-manifestante. Tanto dinero fácil (entrar, sentarse, berrear y cobrar), que la plaza ha sido inundada en poco días por gangueros y codiciosos, inutilizando las aceras y las calles colindantes, cortando por la mitad el tráfico urbano y tirando al suelo, desgarrado, el ritmo vital de todo el país.
Un aprisco moderno, con megafonía, cadenas de música, toldos espaciosos, televisores y luz eléctrica. Asistencia médica y comida gratis, abonada por los rabadanes y rehaleros en los restaurantes cercanos, bebidas a elegir, sexo disimulado, pastillas tonificantes y contra la nebladura.
Imprescindibles, los programas de instrucción y entretenimiento. Y los discursos mitineros, con invitados elegidos, desde el balcón de la Facultad de Ciencias Geológicas, abierto por el vicerrector, que había dejado de ser secretario del partido de la Universidad, asumiendo el cargo de mayoral principal y luego de presidente del país.
Ex apóstoles marxistas, santos de la misma calaña, aduladores líricos y besaculos del difunto dictador, se turnaban cada media tarde al púlpito para cubrirse de ceniza, alabando a los ángeles que venían para hacernos felices y prósperos sin nada pedirnos; un futuro radiante a cambio de un pasado sin ningún futuro.
Intrépidos, tomado el insulto público por gloria y el mote de golani (granujas) por renombre, los rebaños se han inventado un himno a medida, de obligado tarareo para los que venían a rebautizarse en el nuevo Jordán, cuyo estribillo – “no nos vamos, no nos vamos a casa” – resuena aún en el recuerdo de muchos.
Inagotables, las fuentes del dinero fluían sobre la plaza y llovían las pagas extra en especies - vaqueros, blusas, zapatos, tabaco, etc. Tanta maná y tan de pronto, que los agraciados por la bonanza, han decidido seguir en el redil, dando balidos durante dos semanas más, después de las elecciones generales (20 de mayo), fertilizando con inmundicias el así llamado territorio libre de comunismo.
Un barbecho bien abonado, en el cual el Occidente ha dejado caer las semillas de su democracia. Siembra invocada y bienvenida, puesto que de esta cosecha habrán de salir políticos a granel, consejeros gubernamentales, asesores de nada, ministros, jefes de gobierno y hasta un presidente del país. También, desde este aprisco saldrán nuestros primeros millonarios de cartón y los primeros grandes corruptos de la transición.
Todos iguales, al fin de cuenta, porque eran los mismos: los corruptos han llegado a ser millonarios, los millonarios se han volcado a la política y los políticos se han hecho parlamentarios para instalar más y mejores apriscos, tratando de ampliar el espacio de una vergonzosa impunidad vitalicia.
Semillas milagrosas, las de la democracia. Pero de germinación lenta y diferente, esparcida al azar y a destiempo. En la peor temporada. De donde, la maleza temporera y de mucho vigor. El amaranto pampero y el arestín ovejuno, la altamandría enana y la vulvaria tierna, el acederón silvestre y la cizaña doméstica. La maravillosas cizaña contra el milagroso y nunca conseguido, entre humanos, trigo limpio.
Descardar tanta broza ha sido obra penosa, hecha a trompicones, con secuencias
que recuerdan de cerca las películas clásicas de terror. Y, a pesar del convencimiento general de que el desalojo de la Plaza ha sido total, que ni un várgano ha quedado de pie, sigo creyendo que algo de todo aquello perdura todavía y no desaparecerá como por encanto, según dicen, de noche a la mañana. Asimismo, sigo creyendo que sin la intervención foránea en el desenvolvimiento de tan malos sucesos, sin este aporte ajeno fraternal e indeseado, no hubiéramos llegado donde estamos, mucho peor de cómo estábamos hasta diciembre de 1989.
Como si de un ritual se tratara, desde, exactamente, veinte años, a finales del mes de mayo, los políticos y los medios de comunicación de Rumanía se vuelcan en la conmemoración del primer más largo y manipulado mitin electoral de toda Europa del Este, atornillado durante dos meses (23 de abril – 14 de junio, de 1990) en la Plaza de la Universidad de Bucarest. Un recurso equivocado de los así llamados “partidos históricos”, surgidos, milagrosamente, tras 40 años de persecuciones, cárceles, torturas, muertes, campos de trabajo forzado y domicilios obligatorios – obras todas de la dictadura comunista -, que, por no saber cómo regresar cuanto antes a la vida política y hacerse con el poder, han elegido los caminos de la venganza y la violencia callejera.
Todos los primeros siete meses de libertad, traída por la insurrección del 22 de diciembre de 1989, están marcados por actos antidemocráticos provocados por estos grupos políticos resucitados, reanimados en los geriátricos occidentales. Siete meses de libertinaje y desenfreno, que han mantenido el pueblo en vilo, desfigurando la imagen del país, con consecuencias políticas y pérdidas económicas irrecuperables.
Retransmitido en directo por muchas televisiones, este mitin – prototipo llevado luego a los Balcanes, Ucrania, etc. – acabará (noche de 14 de junio) de manera trágica, con 5 muertos, numerosos heridos y un centenar de detenidos, más los daños materiales. Autobuses y coches incendiados (60), edificios destruidos (5), robo de armas y municiones de la sede del Ministerio de Interior, quema de documentos de los Servicios Secretos y de los archivos de la Televisión, los que guardaban la historia de la insurrección.
El desmantelamiento de la Plaza ha sido obra común (por separado) de las fuerzas del orden – 1480 personas – y de los mineros – unos 2000 -, llegados del Valle del Jiu para poner orden (su orden) en la vida pública. Un final, como los de las guerras primitivas, sin vencedores ni vencidos, con descontentos por las dos partes.
Lo más difícil en estas circunstancias era la neutralidad. Y esta ha sido – y sigue siendo – mi opción, ganándome hasta hoy la enemistad de todos los contrincantes. Y no me arrepiento: director y fundador del más influyente periódico de aquellos años, con más de 2 millones de ejemplares, he logrado apaciguar varias veces los conflictos, al borde de una guerra civil, esperada por muchos.
De un libro que siempre acabo pero nunca termino, extraigo algunas páginas para los lectores hispanos de mi blog. Los curiosos o interesados encontrarán más datos en mis editoriales, que reproduzco en rumano y sin alegría ninguna, en esta ocasión.
Hacer memoria de aquel infausto primer semestre del ’90, por breve que sea, es un tratamiento oportuno, al menos como adyuvante para los que padecen aún de amnesia fingida y no logran explicarse las muchas vueltas que seguimos dando para salir de tantas pesadillas. Así, según calendario, las fechas de mayor desastre. Primero, un multitudinario mitin descabellado, de chusma, comunistas arrepentidos y agentes de la policía política vestidos de corderos sin madre, para condenar el comunismo y hacerse con las riendas del país (12 de enero). La primera vez cuando la gente honrada, pobre y sufrida, ahora engañada, gritaba en la Plaza de la Victoria las consignas dictadas por un miserable coronel de la Securitate, que llegará segundo primer ministro: ¡Abajo el comunismo!, ¡Nosotros somos el pueblo!, ¡Ojo por ojo, diente por diente!...
Encaramado sobre un transportador auto blindado, el líder instigador conseguirá lo que se había propuesto: el presidente del país y el primer ministro subirán a su lado y, llevados por el oleaje, repetirán, letra por letra, las mismas consignas, de donde saldrán, leídos por el mismo (y ovacionados), los decretos que ponían fuera de la ley al Partido Comunista y reintroducían la pena de muerte. Invalidados días después por el gobierno provisorio y por el mismo “líder” quien se disculpará, transfiriendo todo a la tensión emocional cargada de sinceridad humana y política.
Importa recordar que el 12 de enero había sido declarado Día de luto nacional para honrar a los perecidos durante la insurrección, algunos todavía sin tumba. Pero nadie respetaba nada y los mítines no autorizados seguirán sin tregua. Como el intento brutal de los viejos políticos para desbancar a los principiantes (28 y 29 de enero), luego la revuelta del cuerpo técnico y administrativo de la Televisión para apoderarse de la dirección de ésta (6 de febrero), tras la de los asistentes y auxiliares para echar a la calle a médicos-directores de hospitales, seguidas por otras iguales en muchas instituciones.
Luego, el 16 de febrero, emulados por la vacilación del poder provisorio elegido a dedo por el Frente de Salvación Nacional (FSN), políticos de la época anterior a la dictadura, revigorizados en geriátricos occidentales, se han lanzado al asalto del Palacio Gubernamental, mejor organizados, teniendo la argucia de poner en primera línea una sociedad civil aleatoria y como vanguardia a unos enfermos mentales, traídos en microbuses de los hospicios. La primera vez en la historia de la medicina cuando tres docenas de locos iban juntos, en formación de lucha, y perseguían la misma meta.
Puertas desgonzadas, cristales rotos, la fachada de Palacio envuelta en llamas, despachos devastados, ministros arrastrados por los pasillos. Noche fría, heridos a pedradas, nubes de humo agujereadas por los reflectores de la televisión y los alaridos de una turba salida de la jungla suburbana. Al final, ninguna evaluación de los daños y desperfectos. Solamente un comunicado sobre los 102 detenidos, liberados en los siguientes días; menos 14 inválidos u oligofrénicos, retenidos algunos días más. Han soltado las águilas – me decía un viejo policía – y han enjaulado las cornejas.
Ni un asomo de unidad y voluntad común. Una algarabía permanente sacudida por actos violentos y por las marchas periódicas de los mineros (las mineriadas), que nunca llegaban a Bucarest sin ser convocados. Sea por los partidos gobernantes hallados en dificultad, sea por los que aspiraban a gobernar. Un espeluznante Ejército de Fuerzas Subterráneas, equipadas con porras, lamparitas de oxiacetileno y caramillos de latón – diez son un susurro, cien son un huracán de granizo -, metiendo pavor en la sangre de todos. Sin los estragos que se les atribuían. Hartos de la barahúnda callejera y mítines movibles, forzaban sí las puertas del Poder, se les invitaban en el Parlamento, entraban en la Televisión, pidiendo orden para todo el mundo, y regresaban a las catacumbas de carbón, con la cabeza de un primer ministro inexperto y engañado.
***
Desde principios de febrero, en un editorial de mucho eco, había considerado a los participantes a estos mítines como rebaños de la democracia en trashumancia y me he salvado por milagro del linchamiento vengativo de éstos, al acudir a un acto electoral de los partidos expirados. Era el 23 de abril, día de San Jorge, Domingo de Ramos, y el día cuando habrá de cumplirse mi predicción: finalizado el ágape, los rebaños han anochecido en la Plaza de la Universidad, donde habrán de quedarse hasta 14 de junio.

Un mitin nunca visto, atornillado durante 52 días en el recinto consagrado a la cultura y ciencias. Un aprisco traído desde las otras orillas del Atlántico, pastores y subvenciones incluidas. Dinero al contado, día y jornalero-manifestante. Tanto dinero fácil (entrar, sentarse, berrear y cobrar), que la plaza ha sido inundada en poco días por gangueros y codiciosos, inutilizando las aceras y las calles colindantes, cortando por la mitad el tráfico urbano y tirando al suelo, desgarrado, el ritmo vital de todo el país.
Un aprisco moderno, con megafonía, cadenas de música, toldos espaciosos, televisores y luz eléctrica. Asistencia médica y comida gratis, abonada por los rabadanes y rehaleros en los restaurantes cercanos, bebidas a elegir, sexo disimulado, pastillas tonificantes y contra la nebladura.
Imprescindibles, los programas de instrucción y entretenimiento. Y los discursos mitineros, con invitados elegidos, desde el balcón de la Facultad de Ciencias Geológicas, abierto por el vicerrector, que había dejado de ser secretario del partido de la Universidad, asumiendo el cargo de mayoral principal y luego de presidente del país.
Ex apóstoles marxistas, santos de la misma calaña, aduladores líricos y besaculos del difunto dictador, se turnaban cada media tarde al púlpito para cubrirse de ceniza, alabando a los ángeles que venían para hacernos felices y prósperos sin nada pedirnos; un futuro radiante a cambio de un pasado sin ningún futuro.
Intrépidos, tomado el insulto público por gloria y el mote de golani (granujas) por renombre, los rebaños se han inventado un himno a medida, de obligado tarareo para los que venían a rebautizarse en el nuevo Jordán, cuyo estribillo – “no nos vamos, no nos vamos a casa” – resuena aún en el recuerdo de muchos.
Inagotables, las fuentes del dinero fluían sobre la plaza y llovían las pagas extra en especies - vaqueros, blusas, zapatos, tabaco, etc. Tanta maná y tan de pronto, que los agraciados por la bonanza, han decidido seguir en el redil, dando balidos durante dos semanas más, después de las elecciones generales (20 de mayo), fertilizando con inmundicias el así llamado territorio libre de comunismo.
Un barbecho bien abonado, en el cual el Occidente ha dejado caer las semillas de su democracia. Siembra invocada y bienvenida, puesto que de esta cosecha habrán de salir políticos a granel, consejeros gubernamentales, asesores de nada, ministros, jefes de gobierno y hasta un presidente del país. También, desde este aprisco saldrán nuestros primeros millonarios de cartón y los primeros grandes corruptos de la transición.
Todos iguales, al fin de cuenta, porque eran los mismos: los corruptos han llegado a ser millonarios, los millonarios se han volcado a la política y los políticos se han hecho parlamentarios para instalar más y mejores apriscos, tratando de ampliar el espacio de una vergonzosa impunidad vitalicia.
Semillas milagrosas, las de la democracia. Pero de germinación lenta y diferente, esparcida al azar y a destiempo. En la peor temporada. De donde, la maleza temporera y de mucho vigor. El amaranto pampero y el arestín ovejuno, la altamandría enana y la vulvaria tierna, el acederón silvestre y la cizaña doméstica. La maravillosas cizaña contra el milagroso y nunca conseguido, entre humanos, trigo limpio.
Descardar tanta broza ha sido obra penosa, hecha a trompicones, con secuencias
que recuerdan de cerca las películas clásicas de terror. Y, a pesar del convencimiento general de que el desalojo de la Plaza ha sido total, que ni un várgano ha quedado de pie, sigo creyendo que algo de todo aquello perdura todavía y no desaparecerá como por encanto, según dicen, de noche a la mañana. Asimismo, sigo creyendo que sin la intervención foránea en el desenvolvimiento de tan malos sucesos, sin este aporte ajeno fraternal e indeseado, no hubiéramos llegado donde estamos, mucho peor de cómo estábamos hasta diciembre de 1989.