miércoles, 13 de julio de 2011




LECTURAS EN LA COLUMNA DE TRAJANO

Entre las ruinas de Roma, al lado del que fue Foro de los emperadores, continúa en su vertical la Columna de Trajano, un li­bro que narra en 124 episodios esculpidos en mármol las batallas sostenidas por el emperador Marcus Ulpius Traianus contra los dacios, pobla­ción que habitaba la actual tierra de Rumania.

Nacido en Santiponce (actual Itálica, cerca de Sevilla), Trajano conquistó y colonizó esas tierras en el año 106. No quedan otros documentos sobre estas batallas que los escri­tos de Dio Cassius, ya que las pá­ginas de Trajano —De bello Dacico— nunca se encontraron. Y el único trozo incluido en crónicas de entonces glosa la valentía de los dacios: He subyugado hasta a estos da­cios, los más guerreros de todos los pueblos que han existido jamás, no sólo por su poder corpo­ral, sino también por la doctrina de Zalmoxis, a quien tanto glorifi­can. Este les ha grabado en el co­razón que no mueren, sino sola­mente cambian de morada y, por esto, se entregan a la muerte más felices que a cualquier viaje.

Caen hojas amarillas en el Forum Trajano y la hierba se seca quemada por el siroco, como la arena de los desiertos. Es el co­mienzo del otoño y Roma tiñe va­gamente de soledad el aire que la envuelve.

El pasado año, al guía de la entrada le enseñé decir en ruma­no bine aţi venit, bien venida, y tanto le gustó que me repitió la frase a la salida. Pero esta vez no estaba allí, se había marchado. El guía de ahora se llama Giuseppe y no sabe dónde está Luigi ni tam­poco decir palabra alguna en rumano.

Voy pisando hierba seca y hojas amarillas entre trozos mudos de mármol. Es como caminar sobre un planeta sagrado. Creo que Giu­seppe me mira, indeciso y curioso. Acaso hubiera debido hablarle, decirle, por ejemplo, que los vencedores siempre se apoderan de todo, aunque para ello es preciso que existan vencidos. Que Trajano no significaría nada hoy en este Forum — ¡maravillosas rui­nas!— si no hubiera existido De­cébalo.

Verdaderamente, los vencedores son alaba­dos; los vencidos, no. A los vencedores se les erigen arcos de triunfo; los vencidos muchas veces no tienen ni siquiera tumbas. Los vencedores dan su nombre a ríos y ciudades; los nombres de los vencidos sólo se pronuncian para dar brillo a la gloria de los vencedores.

Además, el nombre de los vencidos significa mal agüero, superstición, inquietud. Por esto es mejor olvidarlo. Así, por pudor; por pudor históri­co. Y si lo consigues, el olvido se convierte len­tamente en soledad.

Una soledad sin nada más. Una soledad va­cía, desierta, sola... Como una muralla imposible de atravesar que circunda al olvidado, al venci­do. Vae victis, se cuenta que dijo el galo Brenn, echando su descomunal espada en el plato de la balanza que pesaba el oro de Roma. Pero si dijo exactamente estas palabras, él mismo era el vencido, porque usaba el idioma de lo vencedores...

Sin Decébalo, este Forum donde caen hojas amarillas no hubiera existido. Sin él, Trajano hu­biera sido sólo emperador. Su gloria se aprecia únicamente en función de la audacia del bárba­ro del lado izquierdo del Danubio. El oro de Dacia había sido llevado allí, a Roma, y converti­do en flechas, en columnas, en arcos, en biblio­teca: en Trajano.

De todo esto no ha quedado nada. Las colum­nas de la biblioteca Ulpia se derrumbaron hace mucho tiempo y mi imaginación las reconstruye con dificultad: a un lado, los libros en latín; al otro lado, los libros en griego.

Paredes de ladrillo revestidas por placas de colores vivos de frío mármol. Un enorme corredor decorado, adornado de esculturas que une los dos cuerpos de la biblioteca donde se prefiguró la cultura de Europa.

Ni siquiera un libro. ¡Ah, sí, queda un libro! Uno sólo que todos los sabios hojean desde hace siglos contradiciéndose recíprocamente a cada página, esforzándose cada cual en tradu­cirlo a su manera: pero el idioma no es ni griego ni latín, es un idioma de piedra con una gramáti­ca muy difícil.

Sólo el espíritu, a través del cincel, puede leerlo: los árboles son conjunciones y, al mismo tiempo, son verbos que definen estaciones; son sustantivos que definen épocas y adjetivos que expresan frases enteras. Y así los hombres, los caballos, los bos­ques, las espadas, los escudos, los muros. Cada signo entraña muerte y, al mismo tiempo, vida.

Seguramente, los sabios, aun­que lograrán leerlo, no lo comprenderán y nunca se entenderán entre sí. El len­guaje de la metáfora permanecerá escondido y no tendrán de donde sa­car sinónimos. Porque este libro, el único que quedó de toda la biblioteca Ulpia es también el único de este género: un papiro de mármol (un huso, han dicho algunos sabios, como cocineras...) vertical dentro de la biblioteca azul del cielo romano. La columna de Trajano y Decébalo.

Tradicionalmente se ha venido diciendo que es sólo la Columna de Trajano porque él fue el vencedor. Su rostro ha sido reproducido cin­cuenta veces en estas páginas. El rostro del vencido, solamente siete veces. Ambos, juntos, escribieron este libro. Y debería llevar su nombre exacto: La columna de Trajano y Decébalo.

Los sabios han leído solamente las páginas claras, es decir, las que hablan exclusivamente del vencedor. Lo demás yace en la soledad. Una soledad en la que el otoño deja caer la suya. Caen hojas amarillas y la hierba se seca, quemada por el siroco; co­mo la arena de los desiertos. Buen tiempo para la lectura.

Entro en la biblioteca Ulpia para leer este libro único. Leeré, únicamente, las páginas de la sole­dad, sin medir los centímetros y por partes. De vez en cuando me fijaré en los apuntes de los demás: Dio Cassius, Canninus Rufus, Plinius el Viejo, Séneca, C. Cichorius, E. Petersen, H. Stuart Jones, Pollen, Froehner, Reinach, Pârvan, E. Panaitescu.

Las estaciones de la Dacia

Historia muda en piedra elocuente. Estilo epi­sódico, continuo, panorámico. Los romanos no tuvieron necesidad de cine. Ellos sabían leer las imágenes estáticas e imaginar sus movimientos en todos los planos. De no ser así, habrían inventado el cine, dejando atrás varios períodos de la civilización humana.

En la primera página circular, una fila de caba­llos en marcha. Avanzan con apuros. El polvo de aquellos días, levantado por las herraduras de los caballos, es sustituido por el polvo de hoy, derramado en las hendiduras del mármol.

Detrás, las legiones marchando a paso firme un poco espantadas, temerosas. Acaso hay luna nueva y los pretores escrutan las colinas dacias con cara de virtuales soberanos.

Dentro de poco será el alba. Desde lo alto, Júpiter siembra fuego en la cúspide del ejército dacio. El águila avanza por entre las filas de los soldados dacios sembrando muerte. Las cabe­zas de los dacios empiezan a convertirse en trofeos.

En el centro, Trajano —hasta ahora es solamente emperador— con la mano derecha tendida hacia adelante. Cichorius cree que es un gesto de repulsión. Petersen lo cree también, lo sostiene y se esfuerza en probarlo. Dio Cassius no opina nada, no reparó en este detalle y lo pasó por alto.

¿Sería repulsión? ¿Existe acaso en toda la his­toria algún Campeador, algún comandante de ejércitos, que en plena batalla, durante la lucha tremenda, haya hecho semejante gesto de repul­sión? Supongo que no.

El gesto de Trajano significa, tal vez, llama­miento, orden y, al mismo tiempo, temor, inquie­tud; su antecesor, Domiciano, fue humillado, vencido en estas tierras, y la paz que había aceptado llenó de vergüenza a todo el Imperio. Antes de vencer, Trajano debe lavar esta ver­güenza. Debe tranquilizar los recuerdos, por lo menos. O, si le fuera posi­ble, borrarlos definitivamente.

Pero alguien permanece quieto al borde de unos bosques de hayas — ¿por qué dicen algu­nos que se trata de naranjos donde nunca los hubo?—, entretejido con luchadores dacios. Cabello largo, barbas gran­des, soberbias.

El movimiento de los cuerpos demuestra un vigor desconocido y la primera cara de un sol­dado romano con casco de Minerva recuerda la fragilidad del adolescente que, antes de conocer la vida, está descubriendo la muerte. Uno de los dacios se adelanta hacia él con el pie iz­quierdo y levanta la mano izquierda a la altura de su cara: no quiere apagar la luz de esta cara inocente, sino conservar el resplandor de la suya. A su lado, otro soldado, tal vez embra­vecido, golpea con la mano derecha plantado en ambas piernas sobre la eternidad del mármol. Detrás suenan los escudos, silban las fle­chas.

Encima de todos, bajo la sombra trémula y frágil de un haya, está Decébalo; inmóvil, rodea­do por los estandartes con cabeza de lobo.

El emperador se encuentra en medio de su ejército, luchando con cuidado, temor y deses­peración. Decébalo — que es solamente rey — no tiene miedo. Se queda allí, observando atentamente cada movimiento, con las cejas er­guidas, tendidas. A la derecha, a sus espaldas, se oye el murmullo de un río. Tal vez, si hubiera actuado desde el principio, avanzando desde este lado, ahora este terremoto bélico, bajo la presencia imaginaria de Júpiter, tendría otro resultado.

Pero por el momento nada está decidido y la calma de Decébalo es una calma activa, una quietud que inquieta; una señal que atemoriza.

Es una actitud en la que tampoco se fijó Dio Cassius, porque no era artista, sino corresponsal de guerra: escueto, exacto, objetivo, como todos los corresponsales de todas las guerras. Pero cuando los artistas esculpieron en este papiro de mármol blanco, se dejaron llevar por la intui­ción, por la inspiración como se dice habitualmente, usando una palabra más larga. Y así obtuvieron estos dos movimientos: uno para Trajano, violento como las trompetas de metal que resuenan como hexámetros latinos; el otro para Decébalo, suave, dulce, como el metro trocaico que quedó ensombrecido en la balada de Mioriţa...

Si no hubieran creado estos dos ritmos me resultaría difícil creer que es Decébalo. La alternancia de los ritmos es mi única prueba: es él. ¡Cuánta soledad!...

En el lado izquierdo, empeñado en la lucha, en un movimiento violento que se desarrolla en la frontera que hay entre la muerte y la vida, Trajano, el emperador. A la derecha, mucho más atrás, barajando planes de ataque sin ponerlos en práctica, pero siguiéndolos en su desenvolvi­miento hasta el final, bajo esta quietud activa, bajo las estaciones de Dacia, Decébalo, el rey. El campo de batalla es el de Tapae.

Sin pretenderlo, el arte hace historia justa, sin engaños. Para leerla con fidelidad, los historia­dores debían hacer arte, pero no lo han hecho. Ninguno ha podido comprender esta página. Peterson, que fue quien más lo intentó, se quedó a medio camino.

A la derecha, Sarmizegetusa

Seamos sinceros: los historiadores han hecho algunas veces arte, pero también en este caso se han equivocado. Estamos en los tiempos de la primera guerra y el temor de Trajano ha desaparecido. Ha vencido. Le toca su turno de quietud. Sentado en una silla, escruta con aire triunfal a los vencidos arrodillados.

La escena está llena de dramatismo, como un cielo de truenos antes de la lluvia. Una larga fila de dacios entrega las armas. Frente a todos, a la derecha del emperador, uno solo, echado en tierra. Luego otros dos, también de rodillas, tienden sus manos hacia los pies del empera­dor. Sus escudos han sonado por última vez. Ahora han dejado de moverse y yacen vencidos junto a ellos. Los dos tratan de defender sus vidas encadenándolas. Sin embargo, su genu­flexión "tiene algo de la tristeza de los pinos so­berbios que caen segados por relámpagos”.

A sus espaldas, otros cinco, todos de pie y con las manos atadas; sin armas, esforzados y valientes como altares que no se inquietan por las profanaciones. Y a continuación, otros más, una multitud; todos arrodillados, dejan en la atmósfera del día — ¿qué hora se­rá?— un llanto inmenso de agotamiento físico y moral.

Un grupo más, también numeroso, pero de pie, con las manos sin esposar, con los escudos caídos junto a los pies, inmóviles después del combate. Encima de todos, bajo la sombra trémula de las hayas, dos banderas dacias muy distin­tas, a las que jamás impulsará el viento de la victoria. Cerca de ellas, de pie, está Decébalo con la mano derecha levantada hasta la altura del corazón, con la izquierda colgante, al tiempo que contempla entristecido la genuflexión de su valiente estirpe del lobo ante el águila. Brillan relámpagos entre el vencedor y el vencido y sobre la multi­tud que, por la postura plegada de los cuerpos, parece participar en las cere­monias de una boda fúnebre.

La escena tiene algo de ora­ción desesperada y de obliga­do resentimiento. No de renun­cia. Aquí los escultores no hi­cieron historia, sino arte puro. La genuflexión de un pue­blo entero frente a un extran­jero impasible, feroz y victo­rioso, deja en el aire la ten­sión que hay alrededor de Electra. El Ulises, siempre errante,

Afligido por las añoranzas de Itaca, es sólo un pálido esbozo de este drama que tuvo lugar en las tierras del bárbaro del lado izquierdo del Danubio.A la derecha de toda la escena, exactamente detrás de Decébalo, se ven dos ventanas muy claras que amanecen en el muro como dos ojos azules. Los ojos de Sarmizegetusa. Desbordadospor lágrimas...

Los cinco no se someten

Cinco, todos de pie con las manos atadas, sin armas, esforzados y atrevidos como los altares, que no temen las profanacio­nes. En sus rostros se lee el triunfo mucho más fácilmente que en la cara del emperador. Y son dacios... Las ropas, el cabello, los ademanes, la morfología de la cara, todo dice muy claro que son dacios. Pero Petersen no quiere creerlo y tampoco Cichorius; sostienen que se trata de romanos. Los romanos de Domiciano hechos cautivos por De­cébalo y obligados a aplicar, en Dacia, la técnica militar y la arquitectura romana. Han transcurrido quince años desde entonces y Trajano, tal vez, pretende castigarlos...

No lo puedo creer. ¿Por qué? ¿Por el simple hecho de que, acaso, hayan cometido un acto de traición? Tam­poco lo creo. Sobre todo, no creo que sean romanos. En este caso su actitud sería otra, y nada tendrían que hacer en medio de todo un pueblo arrodillado. Los cinco son dacios; de los pies hasta la cabeza; en especial por su conducta, por su actitud: carne de la carne de Decébalo.

Tal vez, Decébalo, sin poder resistir más, los separó de su propio cuerpo y los obligó a bajar la frente ante el vencedor. No se trata, de ningún modo, de simples soldados, sino de pileatos, es decir, comandantes del ejército que no quisieron someterse, arrodillarse, y el rey fue obligado a este supremo sacrificio de atarlos en medio de los demás.

Es posible también otra verdad: acaso se trata precisamente de los prisioneros que deben ser llevados a la ciudad de Roma para resaltar el triunfo del emperador. O quizá nin­guna de las dos opiniones se acerca a la verdad. Esculpida en piedra hace diecinueve siglos, esta página constituye un misterio eterno: resulta difícil pronunciarse a favor de una hipótesis y es imposible declararse en contra.

Dos cosas quedan por esclarecer y Cichorius se­guramente no está en lo cierto. Fundándose en Dio Cassius, sostiene que esta escena representa, al pie de la letra, las condiciones de paz impues­tas por Trajano: entrega de las armas y de las máquinas de guerra; entrega de los técnicos militares; devolución de los prófugos romanos y des­trucción de las fortalezas. Luego, el abandono de los territo­rios ocupados y establecimiento de una alianza con los romanos sobre la base de un acuerdo que considera como amigos y enemigos de la Dacia a los amigos y enemigos de Roma.

Pero allí se trata de una sola de estas condi­ciones: entrega de las armas. Acerca de las otras, ni una palabra. Quizá esto se debe al hecho de que los artistas han realizado arte he­lénico y no periodismo. Y además, los cinco afrontan con serenidad su destino: permanecen con la frente alta, la mirada exactamente en la abertura del ángulo del coraje. La quietud del emperador parece, por esta razón, efímera; me­jor dicho, artificial.

La soledad de los vencidos es amarga como la mandrágora. En su crónica, Dio Cassius la siembra directamente en el alma: Al final de la primera guerra, Decébalo se dirigió hacia el vic­torioso emperador y, echándose a sus pies, entregó las armas...

Las palabras de Dio Cassius indujeron a gene­raciones de investigadores en error. Reinach, Arthur Strong (y luego Xenopol) sostienen que en esta página de la soledad, Decébalo es el poco claro pileatus echado a los pies del empe­rador, con la mano derecha tendida humilde­mente. La duda ha sido muchas veces el camino más corto hacia la verdad, y Petersen dudó. Más tarde, Cichorius superó la duda: Decébalo nun­ca se arrodilla. Él está allí, donde lo hemos identificado nosotros, al lado de los dos estandartes dacios, que jamás impulsará el viento de la victoria.

Partiendo de Ancona

Caen hojas amarillas en el Forum Trajano y la hierba se seca, quemada por el siroco, como la arena de los desiertos. Es el comienzo del otoño y la ciudad de Roma tiñe vagamente de soledad el aire que la envuelve.

Corría el mes de junio, un junio todo azul, y en Ancona, durante este mes, el sol permanece inmóvil, clavado en el azul todo el día, como un cuchillo de fuego que pende sobre la cabeza. El emperador ya había da­do orden de construir allí un puerto digno de su primera victoria, y en esta obra había gastado mucho dinero propio. Ahora está listo y los navíos se mecen sua­vemente, bajo el soplo del atardecer, so­bre las aguas del Adriáti­co, que lentamente se vuelven de un color rojo sangre.

El emperador acaba de llegar de Roma y se han hecho todos los preparativos para la salida hacia el Danubio. La segunda victoria será definitiva y durante algún tiempo la Vía Flaminia quedará desierta. Mañana, al alba, los astrólogos leerán en el azul del cielo de Ancona la salvación de Roma de su pobreza.

Los barcos, sueltas las amarras, avanzan lentamente como cisnes de la muerte, desapareciendo bajo el verano dálmata.

Estas páginas son muy claras y no nos interesan; el bárbaro del Danubio no está cansado todavía; al con­trario, las noticias que llegan de esta parte están llenas de amenazas.

Se trata de una posible alianza de todas las poblaciones tracias frente al Imperio. Se dice más: que Decébalo envió a uno de los suyos hacia Mesopotamia con el fin de convencer a Pacorus II de que participe en esta alianza —no lo había hecho, y en el año 114 Trajano, el de siempre, vencerá a los partos, débiles en sus soledades — junto a los sármatas, buros germánicos y, sobre todo, al lado de los dacios. La victoria en la que piensa el emperador podría convertirse en su tum­ba. Ante lo imprevisto, el sacrificio en honor de los dioses es oportuno, tranquiliza.

De la claridad de estas páginas escritas por el cincel, tal vez me interesaría la reconstrucción del puente de Drobeta: veinte columnas de 34 metros de alto, con un diámetro de más de un metro y medio (1,686), afincadas en el agua del viejo Danubio. Apoyados en ellas, los arcos iris de la muerte, con sus ladrillos rojos, se cur­van bellamente, apoyándose a su vez, tangencialmente, en el piso del puente que descansa en la tierra dacia. Tras el último sacrificio en honor de los dioses, el caballo blanco del empe­rador se pierde entre los pinos soberbios de los bosques desconocidos, acaso los del valle del Timoc, hacia Sarmizegetusa. Por el puente pasa, con mil escudos, la grandeza de Roma... Quizá también entonces como ahora era el anochecer y la luna no había salido.

La noche en vísperas de la batalla debe tener el color de la cicuta, la tranquilidad de los cho­pos y el perfume amargo y asfixiante de la hierbabuena que crece en los cementerios abando­nados. Los escultores de la Columna pensaron tal vez en esto y me protegen los ojos con algu­nos paisajes del natural, tranquilos, inocentes, que giran en la piedra caliente.

Los treinta y siete

Habla Zalmoxis, el dios supremo de los dacios. La no­che de la cicuta, el chopo y la hierbabuena ya pasó. Y dentro de las almas se están abriendo cementerios. En la piedra de la Columna, una fortaleza de Dacia, rodeada de soledad. Está cons­truida en opus quadratum. En consecuencia, los cautivos romanos de Domiciano no habían sido puestos en libertad y tampoco entregados a Trajano. Decébalo no había respetado las condicio­nes de paz recocidas con tanta sensatez en su crónica por Dio Cassius. He aquí, en letras de mármol, esta crónica de inmensa soledad.

Junto a la fortaleza construida según la ciencia de los romanos, los dacios esperan el encuentro de la sangre. Son muchos, como la hierba. Los escultores han logrado conservar, en trazos del cincel, treinta y siete. Todos listos, dispuestos para la lucha y, entre todos los demás, uno, sólo, sin escudo. Una espada enorme en la cin­tura, descansando en la vaina en forma de trián­gulo agudo, apuntando hacia el silencio de la muerte. El extremo del mango es corto, como una manzana, para que no moleste cuando la hoja penetre y pueda girar fácilmente el puño... Colgando también de la cintura, una navaja, encerrada igualmente en una vaina triangular. No hay duda de que los escultores de la Colum­na sabían graduar la tensión como se gradúa la corriente eléctrica en los aeróstatos modernos. Esta navaja es la última bala. Cuando todo esté perdido, el que la lleva la recordará por última vez... Y el que la lleva es Decébalo.

En este caso me inclino ante Petersen, que lo identificó antes que otro lector de este papiro. Es la única vez que los escultores, con audacia, lo presentaron de frente: firme, pensativo, acaso inquieto, con sus vestimentas que caen en lige­ros pliegues de sombra, con su barba bien recortada, con su casco un poco inclinado sobre las cejas, tal vez para escrutar mejor las lejanías y el desastre.

Treinta y siete dacios eternamente vivos. Pues he aquí que los escultores les concedieron en esta página escrita por el cincel el sitio de los vencedo­res. Hasta ahora el emperador se hallaba siempre a la izquier­da, y también así aparecerá en adelante. A Decébalo se le asignaba siempre un espacio a la derecha, el sitio del ven­cido.

Sin embargo, en esta página las actitudes están cambiadas. No creo que se trate de una casualidad: en aquel verano azul de julio, el primero que ac­tuó fue Decébalo. Para cortar en dos las alas del águila.

Casa sin amo

El reloj de piedra del Gran Santuario de Sarmizegetusa se detuvo. La sombra ya no tiembla girando en su cima, dividida por los pasos del sol. La fortaleza yace en su última soledad. Se trata ahora de una lucha ilimita­damente desesperada.

El emperador que está tocando con sus ma­nos los muros de Sarmizegetusa se convierte en Trajano. Los últimos dacios que habían que­dado para defenderla se pierden definitivamente en la muerte. Decébalo está ausente. Lo busco entre los vencidos y no le encuentro. Observo los movimientos, en ángulos agudos o en abertu­ras grandes, de agotamiento físico, de los que quedaron dentro de los muros, y no está.

Acudieron los sabios y se esforzaron en inter­pretar, sirviéndose de los diccionarios existen­tes, hasta que lo identificaron en un pileatus en el momento de caer. Pero los escultores de la Columna, aunque nunca hayan hecho historia, se permitieron como artistas el derecho de fal­sear la verdad artística: Decébalo nunca se do­blegó. Tampoco se introdujo de golpe en el combate como en una danza de la muerte. Gol­pear al enemigo por sorpresa era la primera ley de su reglamento de su táctica y estrategia militar. Ese pileatus que está cayéndose no puede ser él. Él había salido. La casa había quedado sin amo. Decébalo está en las montañas.

Estos árboles, que los sabios han tomado siempre como simples motivos decorativos que separan las páginas de mármol, fueron algo más para los escultores. A veces, un sólo árbol pue­de representar una selva inmensa y secular. Después de esta página de soledad enlutada de la Sarmizegetusa, los artistas esculpieron, ba­jo la luz, escenas sencillas a la gloria de Trajano.

Pasándolas por alto, encontraremos de nuevo, un poco más adelante, junto a uno de aquellos árboles, a Decébalo. Resulta claro que de nin­gún modo podría ser aquel pileatus que se está cayendo. Porque no cabe duda de que éste es él: volviéndose un poco a la derecha, entre dos dacios con escudos, permanece vertical, con la mano derecha levantada en ángulo recto a la altura de la cara, con el pulgar ligeramente meti­do en el cinturón — se trata, acaso, de un sínto­ma de cansancio.

Empiezo a tener la convicción de que los es­cultores, para realizar el rostro de Decébalo, se sirvieron en cada caso de un molde previamente establecido. Excepto la escena de la forta­leza construida en opus quadratum. Los historia­dores, en su labor constante y fatigosa de adivi­nar la verdad confrontando las escenas de estas páginas con las que relatan Dio Cassius, Rufus y Plinius —pulsum regia, pulsum etiarn vita—, sostienen que los escultores realizaron los rostros imaginariamente.

A este respecto, Hadrian Daicoviciu, en su estupendo cuento dacio, expresa la opinión de que los artistas nunca pisaron los caminos ni las sendas de las peñas de Orastie. Y lo creo, pero no le doy la razón: durante quince años Decébalo tuvo junto a él a ingenieros y arquitec­tos romanos. Estoy seguro de que en los años de calma, al menos durante una tarde, en Sarmi­zegetusa, el rey estuvo entre ellos.

Es imposible que los ingenieros y arquitectos romanos no hayan quedado impresionados por su presencia moral y física. Es imposible que no hayan reconocido en su persona al hombre hon­rado, valiente, temerario, ágil. Es imposible que, durante todo su cautiverio, no le hayan sentido próximo a sus almas. Y, por último, es imposible que, por lo menos uno, no haya intentado retratar­lo, de perfil, por supuesto, gracias a la atracción de la barba, en un esbozo al carbón.

Durante los años de paz, los dacios labraban la tierra, cuidaban ovejas, tomaban vino con miel, se divertían con sus bailes, participaban en sus fiestas religiosas, incluso con sacrificios humanos, como los aztecas o los mayas; consultaban a las divinidades y se preparaban para las guerras... El ambiente pacífico que rodeaba a Sarmizegetusa durante el período de calma tenía que ser propicio a las amistades y es más que seguro que los ingenieros y los arquitectos romanos no sufrieran en su cautiverio la falta de amigos.

Nunca sabremos el idioma de los dacios, pero sí tenemos noticia de su elevada cultura; conser­vamos sus vasos de cerámica, sus adornos en plata y oro, sus banderas. Los historiadores de­berían investigar, al menos, por qué los dacios sabían el latín antes de la llegada de Domiciano a sus tierras. Tal vez, entonces, se me dé la razón de que el rostro de Decébalo se ha conservado gracias a uno de los esbozos de la Columna y de la estatua conservada en el Museo del Vaticano.

Esta sería, por orden, la cuarta página de so­ledad. Con el pulgar metido ligeramente en el cinturón, con la mano derecha levantada en án­gulo recto a la altura del rostro, vuelto un poco hacia la derecha, junto a sus consejeros — también para ellos los artistas realizaron un molde previo, pues siempre son iguales—, está Decé­balo. No sé lo que pudiera haber dicho en aquel instante.

La escena tiene algo de ceremonia fría en la que se pronuncia un discurso relampagueante. Parece como si el orador estuviera leyendo, pun­to por punto, su acta de nacimiento y su testamentó; el testamento de Decébalo. Imposible re­construirlo hoy con palabras, pero que desde enton­ces siempre se ha cumplido.

Fuera de la muerte

Así pues, nunca conoceremos las palabras de aquel legado. Sin embar­go, el primer párrafo lo encontramos después de otras páginas de luz trajana, en una nueva página de soledad: Decébalo, a caballo, en una cabalgata de retirada por entre los bosques de las montañas de Orǎştie. Es un último desbordamiento de lucha, una última luz de libertad; una chispa desesperada, como una vela cuyo temblor, ahogado por la noche, nunca alcanzará el resplandor de una antorcha.

Los que han deambulado durante la noche por los bosques Grǎdişte, seguramente han escucha­do el eco perdido de este trote desesperado, conservado en los troncos de las viejas hayas. Un eco que brota tal vez de la desconocida Ranistorum, la ciudad dacia nunca encontrada por los arqueólogos, pero con toda probabilidad la actual localidad Sub Cununi, cerca de Sarmizegetusa, puesto que ha sido la residencia de Trajano durante la última guerra, lugar donde se le ha presentado la cabeza y la mano derecha de Decébalo. Desde Ranistorum habrá de salir hacia Roma el cortejo triunfal cargado del oro dacio más los cautivos guerreros de Decébalo, maniatados detrás del inmenso botín nunca soñado.

Decébalo está viejo. Ante él avanzan los más jóvenes. Una sombra de tristeza corre por su cara de mármol. En la izquierda lleva el escudo en alto, con la derecha se apoya firmemente. El ataque será breve, fulminante y definitivo. La cabalgata gira a lo largo de la espiral blanca del papiro de mármol y, al subir de la curva, se sitúa frente a la cabalgata victoriosa: la trajana.

Un último árbol: desde la izquierda —el sitio de los vencedores—, el fuego del águila; a la derecha, los últimos jinetes dacios. Decébalo ya no tiene caballo. Está en tierra, caído junto al tronco de este árbol de una especie desconoci­da; Petersen cree que se trata de un roble, de una quercia; siempre pensaré que es un haya.

Decébalo está exánime, vencido, pero no derrotado: con la rodilla izquierda en tierra, sos­tiene el peso del cuerpo cansado. La mano iz­quierda muy cerca de la raíz del haya, clavada en la tierra, equilibra el último esfuerzo, en sime­tría con la pierna derecha, tendida muy hacia atrás, clavada en la hierba, tensa, varonil. Le falta la larga espada que oculta en la vaina trian­gular, apunta hacia el silencio de la muerte; la última bala que se ha de consumir ahora. El brazo derecho de Decébalo se cierra en un ángulo desesperado y sus dedos aprietan defini­tivamente la navaja.

El segundo párrafo del testamento es llevado a la práctica: la punta de la navaja, acaso afilada en una piedra negra de pedernal y probada en el pulgar derecho, apaga la existencia del que fue, durante toda una vida, Decébalo. Centenares de telas y esculturas antiguas y modernas se esfuerzan por plasmar en líneas el instante último de la vida. En los museos de Italia he contemplado a innumerables galos mo­ribundos sorprendidos en ese instante, como arcos tendidos hacia el silbido del aire. Pero nunca encon­tré una escena de suicidio en la que el dramatismo de cada ángulo fuera llevado hasta las últimas di­mensiones, nunca vistas, del dolor.

Las caras de los galos moribundos eran como velas apagadas, cada arruga buscaba la oscuridad. La cara de Decébalo es una llama desbordante, tremenda en su quietud increíble. Nada en torno a él recuerda la muerte. Si pudiese esculpir, arranca­ría a Decébalo de aquí, justamente en esta actitud, y lograría mostrar de este modo a todo el mundo las dimensiones de la vida verdadera.

Epilogo o la antisoledad

Dio Cassius (LXVIII, 14) sostiene que después del suicidio la cabeza de Decébalo, junto con su mano derecha — la derecha siempre levantada a la altura de las cejas — fue llevada a Roma. De allí, la leyenda de las Escaleras Gemoniae.

Pero he aquí, en el extremo superior del papiro vertical de la biblioteca azul del cielo romano, la última escena en que aparece Decébalo. La sépti­ma. Los escultores estaban, tal vez, cansados: el relieve del mármol de la letra es más tímido. Acaso diecinueve siglos de inviernos, sol, viento y lluvias lo han limado más que a otras. Pero la escena queda clara: un soldado romano muestra al águila la cabeza de Decébalo colocada sobre un escudo de batalla... de la eternidad. Un montón de cabezas romanas vueltas hacia el precioso trofeo.

Creo, pues, que Dio Cassius no ha sido corresponsal objetivo: la cabeza de Decébalo fue mostrada, sobre un escudo, allí, en Dacia. Y se quedó allí, en Dacia. O, a lo mejor, nunca la vieron los romanos degollada. Porque se sa­be: Decébalo no se suicidio delante de los roma­nos. El se suicidó delante de los suyos para que éstos aprendieran algo más.

Muchos se dejaron caer en la punta de sus espadas por no entregarse vivos al águila. Asimismo es posible que éstos lo enterra­ran en un lugar oculto. Sigo creyendo que la cabeza de Decébalo nunca llegó a Roma. Tal vez, la que se mostró a la plebe de la Ciudad Eterna era de un dacio cualquiera, todos siendo Decébalo.

¿Habrán llegado a Roma los hijos de Decéba­lo, de diez y doce años, sorpren­didos por la cabalgata romana? ¿Cuáles serían sus nombres? A Roma llegó quizá la hermana de Decébalo, de la que se dice que encabezaba aquel desfile triunfante. ¿Quién era el vencido? Poniéndola al frente de aquel desfile, Trajano no hizo más que repetir, de un modo diferente al galo Brenn, la escena del vencedor vencido...

Caen hojas amarillas en el Forum Trajano y la hierba se seca, quemada por el siroco, como la arena de los desiertos. Es el comienzo del otoño y la ciudad de Roma tiñe vagamente de soledad el aire que la envuelve.

Piso las hojas amarillas y la hierba seca, voy por entre los trozos mudos de mármol como sobre un planeta sagrado. Ya no intento más engañar a mi soledad. Estos trozos mudos de mármol blanco son los huesos de mis antepasa­dos, esparcidos desde hace diecinueve siglos en este Forum, de donde salgo, para que Giuseppe me diga, como Luigi el año pasado, bine aţi venit.

Cirría la puerta de la biblioteca Ulpia al cerrarse; desde hace horas es de noche, no­che de otoño romano, y el papiro vertical se viste de silencio. El voltear de sus páginas, en sentido contrario a las aguas del reloj, me obliga á creer que también así giraba la sombra en el reloj dacio, es decir, en el sentido de la eterni­dad y de la antisoledad.

Nota: Extracto y traducción del libro Noaptea, pe drumurile Italiei – De noche por los caminos de Italia – Editorial Albatros, Bucarest, 1968.Añado la ilustración y los siguientes datos técnicos:

Erigida para conmemorar las campañas del emperador Trajano contra los dacios, la columna sigue todavía en pie, casi intacta, entre las ruinas del Foro Romano.

El colosal monumento ofrece hoy una perspectiva muy distinta a la que pudieron contemplar sus contemporáneos. Entonces la columna quedaba situada en el centro de un gran patio rodeado de varios pisos de galerías que permitían admirar desde distintos niveles las escenas bélicas que de­sarrollan sus relieves.

Siete años (106-113) tardó en concluirse el proyecto del arquitecto Apolodoro: una columna de mármol blanco, de orden dóri­co, con una altura de 100 pies romanos (29,78 m.), que aumenta si se le suman el zócalo, el pedestal y la estatua que la rema­ta (42,4 m.).

Dieciocho tambores de 2,50 m. de diáme­tro integran el fuste, recubierto por una banda en espiral de bajorrelieves, cuya lon­gitud total ronda los 200 m., mientras su anchura oscila entre 0,89 m., en las esce­nas más bajas y 1,25 m. en las más altas para corregir el error óptico. Más de 2.500 figuras emplearon los escultores para narrar la primera y segunda guerras de Trajano contra los dacios, que se presen­tan divididas por diversas escenas sim­bólicas.

El pedestal, cuyo interior albergó las ceni­zas del emperador, está decorado con diversos trofeos (lanzas, arcos, etc.) y una guirnalda bordea su cornisa. La basa es un plinto con águilas en sus esquinas y sobre él se apoya un toro adornado con motivos vegetales.

El capitel sostiene una balaustrada de bronce que rodea el acrótero, un pedestal circular de menor diámetro que el fuste, re­matado por una cúpula semiesférica. Sobre ésta, coronada en un primer momento por un águila de bronce, se colocó a la muerte de Trajano una estatua del emperador que sería a su vez sustituida, en 1588, por la de San Pedro, que hoy se conserva.

La Columna está hueca y puede accederse a su cima por una escalera de caracol.

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