jueves, 30 de agosto de 2012


Rumanía, de rodillas

Egeo está soñando con velas blancas...
            Hechos y cifras a la vista justifican la opinión de los que consideran que, veintitantos años después de haberse librado de la dictadura comunista, optando por una sociedad de bienestar económico y social, basada  en los derechos universales del hombre y los valores consagrados de la democracia, Rumanía es el segundo país más pobre de la UE y el más corrupto que todos los demás.
Así las cosas – y así están, incluso mucho peor –, sin mirar, de momento, los patios vecinos, cabe preguntarse uno: ¿por qué y cómo se había llegado, en tan poco tiempo, a tan desastrosa, alarmante situación? No antes de observar que tanto la pobreza como la corrupción son un producto genuino, fabricado durante estos anhelados años de libertad sin muros; total y desparramada, tras los casi cincuenta de totalitarismo rojo, amurallado y reciclado - en su segunda mitad – en una de la más férreas dictaduras del Este europeo. La única derrocada por una sublevación espontánea del pueblo, que soñaba con volver a su tiempo-historia y a su espacio-patria.
Sublevación usurpada – urge decirlo -, legitimada luego como revolución y, así consagrada, retransmitida en directo por todas las televisiones del mundo. La primera revolución, en toda la historia de la humanidad, que se daba en directo.
...Nuestra revolución como en las películas, pero en vivo; con las cámaras a quemarropa, enfocadas sobre edificios de verdad y no de cartón piedra; sobre cuerpos que se morían de verdad, no como en los filmes. Adolescentes que, apenas asomados a la vida, quedaban sin orillas; jóvenes ilusionados, cual velas navideñas apagadas por el soplo de la muerte; gente caída junto a los escombros humeantes; el infierno real y concreto, no el de las películas, traído a la tierra por Ceauşescu. El sátrapa de los Cárpatos y sus atrocidades. Cadáveres quemados, descuartizados, atados con alambre de púas, tendidos sobre la nieve sucia. Sesenta mil muertos en un sólo día, se ha dicho; más de cien mil en menos de una semana... Sangre, oriflamas recogidas en las arterias    congeladas por el frío de diciembre de 1989 y por la muerte violenta sin estaciones.
Crímenes contra la humanidad, retransmitidos en directo. Que es así como los había visto la humanidad, incrédula y estremecida, con la respiración entrecortada, subconscientemente asumiéndolos. Incorporándose al enfrentamiento y al sacrificio, esperando y anhelando la victoria y prorrumpiendo, al final, en aplausos, saltando de sus sillas y saliendo a la calle para celebrar nuestro triunfo como si fuera suyo propio.
   
Luego, el silencio tras la tempestad. Espacio huérfano de tiempo. Y los rumanos acunando la victoria en el azul celeste de la esperanza. Y ahora, a veintitantos años de aquellas orillas, las señas negras de la desventura ondeando en los mástiles rotos del sueño naufragado. Un cuarto de la población activa del país, fuera de sus fronteras. Cuatro millones de emigrantes rumanos enrolados en los regimientos del proletariado errante. La nueva clase social del tercer milenio, formada para sacar de apuros el capitalismo, mientras nueve millones de los restantes se están apagando bajo el insufrible peso de la miseria. Y yo, recordando la primera pregunta, para plantear la segunda: ¿se conoce, hasta ahora, en la historia de la humanidad, un pueblo que se haya sublevado para vivir peor de cómo vivía? Más en concreto: ¿habría, en este mundo, un ser humano, en la plenitud de sus facultades, que no tiene donde caerse muerto, dispuesto a sacrificarse para disfrutar de mas infortunios? 

         Ignorando el contenido real de los acontecimientos de aquel diciembre de 1989 y de los siguientes años, toda explicación de la pobreza y la corrupción rumanas resulta incompleta. Porque, por exactas que sean, las dos negras valoraciones no expresan toda la verdad. Hay más verdades, determinantes para los males que nos acosan, que no se sopesan cuando se trata de asuntos así, donde importan las explicaciones, pero cuentan más las soluciones para las dos lacras. Que no son las únicas malas hierbas, ni podrán ser erradicadas con brujerías, puesto que, bien profundas, sus raíces están cuidadas con mucho apego por los políticos de hoy, los peores conocidos por Rumanía jamás.
La Magna Corrupción comienza con ellos y la Suprema Pobreza, abatida sobre los rumanos, es fruto de sus desalmadas actuaciones, impulsadas y sostenidas por los que han saqueado el país como si de una colonia se tratara, arruinándole. Una rapiña a cielo abierto, vergüenza de un capitalismo desmedido, reasentado en el Este europeo como economía de mercado libre. Un disfraz para su indecencia moral y política, porque, al agotarse sus incuestionables méritos, recurre a todas las artimañas para erguirse, a la vez, en policía, juez, banquero, defensor y dueño de todo el planeta.
La conspiración de los endriagos
Todo el quid de la tragedia rumana reside en la honradez de reconocer y aceptar, de una vez por todas, que nuestra revolución no ha sido tal y cómo se haya dado en directo, sino una sublevación real, sincera y espontánea, más una conspiración ideada e instrumentada allende las fronteras, en los edificios sin ventanas del espionaje mundial y en los salones de lujo, acorazados cual submarinos, de las grandes finanzas.

Sin el contubernio de los endriagos de la nueva ideología financiera global, respaldado desde dentro por una cuadrilla de insatisfechos, hipócritas de profesión, falsos disidentes, vende-patrias, fracasados por vocación, chanchulleros políticos, trepadores sociales y malandrines de toda clase, el pueblo rumano hubiera vencido por sí solo. Y el país  no estaría hoy de rodillas, al borde de su desaparición.

Ahora, en un país sin pueblo, con todos sus horizontes caídos e hipotecados; en un estado sin patria, gobernado por un sinfín de insaciables depredadores autóctonos y advenedizos, haciendo memoria de aquellos días, sopesando documentos y testimonios, y después de haber leído toda una biblioteca de libros falsos e infundiosos sobre la así llamada revolución rumana y otros sobre las verdaderas, sobre golpes reformistas de Estado y complots revolucionarios, sobre los modelos teóricos y cibernéticos de las revoluciones, reafirmo lo de la conspiración, dispuesto a subir al cadalso. No antes de que, al menos una persona, inmune a cualquier ideología, me contestara de modo satisfactorio a las preguntas ahí planteadas.
Hasta que no ocurra esto, mantengo lo dicho y arriesgo algunos datos más, hechos ignorados, falsificados o inventados adrede para perpetuar así la leyenda de una revolución que no ha existido. No ha existido tal y como haya sido retransmitida en directo, porque lo que el mundo creía que estaba viendo, sin reponerse de sobresaltos, ha sido y, al mismo tiempo, no ha sido lo que sucedía en realidad, sino lo que había sido programado que sucediera. Incluido lo imprevisible, cuyas actuaciones aleatorias, cual los afluyentes de un río, han desembocado en el cauce de la conspiración, dando naturalidad a lo concertado de antemano, por injusto y cruel que fuera.
No hago de sofista, ni malabarismos. Humildemente, reitero que la conspiración, de hecho un atentado contra la existencia del pueblo rumano,  se ha desarrollado bajo  el patrocinio de una trinidad efímera - Bush, Mitterrand y Gorbachov -, más los acólitos y la gentuza rumana.
Todo lo que ha sucedido después y sigue sucediendo hasta hoy es consecuencia directa de aquellos acontecimientos, pero nadie ha tenido la valentía de reconocerlos.